En esas de libros de ocasión pueden producirse situaciones de lo más singular. Tropezar con Gurruchaga, por ejemplo, y que te hable de Pirandello; pero no es el caso, ya que no estaba en la Galdós de Madrid. De la que me ocupo es esa en la que estuve la otra tarde, ayer, cambiando unos viejos libros de novela histórica por otros también viejos, pero más literarios. Repaso títulos y autores que ya nadie quiere.
Entra un cliente y saluda.
- ¿Qué tal? ¿Ha venido alguna joyita?
- Nada. Eso es el día. La coincidencia.
- Qué pena. Hay que ver la de cosas buenas que tenéis. El otro día mi novia se llevó de aquí cinco libros. Esa lee más que yo. Pues nada, me voy a la biblioteca de la universidad a echar la tarde – dice bien alto.
Un anciano armado de un andador con asiento y mochila, que había llenado de libros, se aproxima al mostrador.
- ¿No tendrá usted una bolsa? Que no puedo cerrarla – pide al dependiente. Y mientras éste gira sobre sus talones y se la busca, acude una madre y una hija con un taco de libros saltándose la vez.
- ¿Aquí compran libros?
El vendedor se vuelve a ellas hondeando una bolsa de basura con intención de encontrar su abertura.
- Damos una cantidad simbólica por aquellos que puedan tener algún interés.
- Pues aquí traigo estos que tenía la niña en su cuarto cogiendo polvo y ya no quería para nada.
Con la bolsa en una mano, el tasador va cogiendo con la otra el género, hace mohínes y confiesa.
- Ninguno interesa, salvo este de Sánchez Dragó – escupe por la boca, y es que el ladino sabía del aniversario de su óbito – Treinta céntimos es la costumbre.
- Buenos son -. Toman la calderilla y se largan. Dejan el taco.
El abuelo no quiere la bolsa.
- ¿No tiene algo más digno? – refunfuña.
Intento centrarme en la tarea que allí me había conducido, sigo el expurgo. Casi lo consigo. Pura ilusión. Me encontraba agazapado, repasando títulos de Toni Morrison, John Dos Pasos, Faulkner, (que ahora me ha dado por norteamericanos), y entró un señor muy angustiado, sin resuello y quejándose en voz alta del calor que hacía en la calle y el sofoco que sufría. Desde el umbral de la puerta empezó a anunciar su demanda, a grito pelado para sorpresa del dependiente y los allí repartidos, manoseando al paso pilas, estantes y anaqueles.
- Ha llamado mi mujer y ha estado hablando con usted – gritó, mientras avanzaba ligero cual correcaminos hasta abalanzarse sobre el mostrador.
- ¿Conmigo? – protestó con voz entrecortada el hortera –. Habrá sido con mi compañero.
- ¿Me va a dar otra bolsa? – insiste el anciano.
- Es igual. Venía por un libro viejo, que dice mi mujer que le han dicho que aquí son baratos.
- Pues sí. Este es el sitio más indicado. Dos euros el ejemplar sea cual sea su categoría. ¿Quiere alguno en particular?
Vuelve a hondear la bandera negra.
- Es igual, es para la niña. Un trabajo del colegio. Es para destrozarlo.
Yo tragué saliva. Por un momento temí por los que me quedaban por repasar. A ver cuál le va a dar, me dije, temiendo la desaparición de algún incunable.
- Bueno, no sé. ¿De alguna característica?
- Es lo mismo, es lo mismo. Si es para romperlo.
Advertí cierto titubeo por parte del vendedor, pero al final le dijo.
- Coja cualquiera de esos – espetó y debió señalarle algunos.
Tan rápido como tomó el primero de la pirámide, el sofocado pagó y salió por piernas. No tuve tiempo de conocer las señas del que se llevó al sacrificio.
Empujado por la curiosidad fui hasta el cancerbero.
- ¿Qué libro se ha llevado?
- No sé, no me he fijado – dice sin pensar, pero cuando abre por fin la bolsa, salta – el Dragó, se ha llevado el Dragó -. Y se golpea la frente.
El viejo, da una patada a la mochila y la vacía de libros.
- Ya está bien. Yo estaba antes. Un poco de respeto.
- No se ponga así, hombre. Tenga usted la bolsa.
La atrapa de un puñado, la hace una bola y se la lanza a la cara al dependiente.
- Y una mierda. Se va usted a la mierda.
Toma su andador y se marcha pasito a pasito hasta la puerta.
Curioseo el desastre, ante el desconcierto del vendedor, localizo un Mujica, El unicornio.
Pago y huyo.
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