Se asoman las lagartijas al sol, con desvergüenza, en los lugares más arriesgados, donde pueden ser vistas y provocar el deseo de atraparlas; Alargan el cuello y permanecen estáticas, sobre una piedra o al muñón de lo que fue un ladrillo, aunque atentas al menor disturbio de la paz que con soberbia roban a la luz, prestas a la huida, si surge un intruso que altere su comunión con el astro. Se asan en silencio y con placer, sin duda, compitiendo con la tierra, que aspira a ser desierto o sueña, toda ella, con volver a ser bola de fuego.
Ya no tengo edad para cazar lagartijas, y el hacerlo en otro tiempo, por la experiencia, me convenció de que no era conveniente, sino mejor verlas escapar en veloces, pero cortas carreras de zigzag. La lagartija es blanda, como el pescado, pese a su color pardo o verdoso, que induce a creer que es de bronce; y de plata si la volteas. Para aquellos que son bisoños cazadores, regala su cola, y escapa con el resto, que es su vida. Se agita unos minutos, retorciéndose como la víbora que atrapa a alguna presa, en su caso tu atención, hasta quedar inerte como la camiseta de aquella, igual que un calcetín sin compañero ni pie.
Los niños son crueles con las lagartijas. En general con cualquier bicho viviente. Sin maldad, movidos por una curiosidad morbosa, indagan en los misterios de la naturaleza con el sacrificio de criaturas inocentes. Otras veces es la torpeza la que impide manejar con delicadeza lo que es frágil.
Prefiero, en la madurez, acecharlas en la distancia y confiar con satisfacción que se den un festín de cucarachas.
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