Soy de la opinión de que el mejor "poema" de Rafael Alberti fue la muerte de García Lorca. Estaban separados por muchos kilómetros, pero Alberti, gracias a su ascendente en tiempos de guerra, dio origen al mito; y muchas de las máximas y aseveraciones que hoy día se repiten, imposibles de contrastar por ser imaginarias, son obra suya. Fue Alberti el que instrumentalizó la muerte del amigo y lo convirtió en mártir de su causa, o en herramienta propagandista, sin preguntar al interesado si era o no la suya. De Lorca hemos llegado a saber incluso, (en esa bola de nieve que crece y crece), dónde recibió las balas y su número aunque no tengamos prueba forense alguna que pueda atestiguarlo, porque sus restos no aparecen. Toda fe tiene sus sombras, pero también fieles seguidores que no dudan de la santidad de la palabra de los que rodearon al maestro; siempre y cuando no se definan como falangistas, que esa es otra.
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miércoles, 21 de agosto de 2024
jueves, 15 de agosto de 2024
La promesa de Franco
Franco había prometido Andalucía a los moros, me explicaba mi tía Pepa muy circunspecta. Aquel era el mantra que se repetía antaño entre las clases populares de Úbeda, recién acabada la guerra, (y muchos años después), cuando el ejército de regulares ocupaba y deambulaba por la ciudad, luciendo turbantes y correajes. En ese escenario, mi tía situaba la escena protagonizada por mi padre, que apenas tenía un año, y uno de aquellos soldados venido de África. Mis abuelos paseaban con él de la mano, pues estaba aprendiendo a andar. Dos moros les cerraron el paso y uno de ellos se arrodilló para hacerle cucamonas. Mi abuela se descompuso, temiendo que aquel Almanzor iba a raptarlo o, peor aún, devorarlo como a un cordero. Pero mi abuelo, que había cruzado con ellos disparos en el frente, y no era rencoroso, mantuvo la calma, la sujetó por el hombro y le dijo:
- Deja que juegue un rato con el chiquillo.
Guardaron las formas hasta que el moro se cansó de hacerle gracietas al niño, no fue mucho el rato, pero una eternidad para mi abuela, toda la guerra pasó por su cabeza. Probablemente aquel individuo que tanto la asustaba se estuvo acordando de uno o varios hijos que llevaba sin ver más de cuatro años.
Un día los moros desaparecieron de las calles, no se volvió a saber de ellos en mucho tiempo. Pero después de morir Franco se volvieron a ver unos pocos y luego muchos para la aceituna. Mi tío Antonio, ante el fenómeno, barruntaba algo, y temía, como me confesó más de una vez, que viniesen a reclamar la herencia de los abuelos.
martes, 13 de agosto de 2024
Un despertar incierto
Desperté una mañana y no di mucha importancia al hecho de que no entendía lo que me decían mi mujer o mis hijos, tampoco el discurso de la locutora del noticiario; lo achaqué a que aún no estaba despierto del todo. Quise leer los mensajes de mi móvil, pero parecía que un virus había modificado las fuentes y me fue imposible entenderlos, supuse que tenía que llevarlo a un técnico. Después, ya en la calle, me sucedió algo parecido con los letreros y anuncios de las tiendas, incluso con las señales de tráfico. No comprendía ninguna palabra, signo, dibujo. Veía circular a la gente a mi alrededor y nadie parecía preocuparse. Entre a un establecimiento de comida rápida y pedí un café. Quise pagar con la tarjeta de crédito, pero por más que tecleaba el número de la clave no me la daba por buena. Tuve que pagar en metálico. Para mi sorpresa saqué de mis bolsillos unas monedas que jamás había visto, pero que me fueron muy útiles puesto que el dependiente las aceptó sin dudarlo y me devolvió otras. El resto de la mañana las cosas no fueron muy distintas, todo me resultaba incomprensible, pero me adapté y simulé lo mejor que pude para que nadie notase mi incapacidad. Hice mi trabajo a ciegas, pero el resultado fue aceptable porque mis superiores no acudieron a censurarme. Una vez en casa, seguí sin entender nada de lo que me decían. Dije unas cuantas cosas incomprensibles y me acosté. Cuando todos dormían me levanté y me asomé al balcón. La ciudad estaba completamente a oscuras. Pero se apreciaba cierta actividad en las calles. En silencio me vestí y bajé a ver qué sucedía. Cientos de personas deambulaban de un lado a otro, tropezando unas con otras, chocando con el mobiliario urbano, los vehículos estacionados o las paredes. La boca del metro estaba saturada de individuos que no se decidían a entrar o salir. Nadie decía nada, pero su rostro delataba el miedo. Dediqué horas y horas a recorrer la urbe buscando alguna explicación, hasta que amaneció. Y conforme la luz alcanzaba a todos los rincones, las personas se fueron convirtiendo primero en sombras alargadas y después en humo que se fue disipando en la atmósfera. Al final quedé solo, la ciudad muerta. Entonces pensé en mi familia y corrí a la casa, estaba angustiado por conocer su suerte. Cuando llegué la encontré a oscuras, las persianas estaban bajadas y las luces apagadas. Entré en silencio, por si aún dormían. Los oí respirar y me tranquilicé. En cada una de las camas había un bulto, algo más voluminoso de lo que un ser humano pueda ocupar. Se agitaban. Tuve un mal pálpito. Corrí a la ventana de mi dormitorio y subí la persiana hasta el tope. La luz penetró sin piedad en el cuarto. Entonces lo comprendí todo, pero ya no me quedaba otra opción que gritar y gritar.
lunes, 12 de agosto de 2024
Míster Parelman
A raíz de cierto artículo que publiqué en una revista de Historia del Arte, la reconocida Artis en el ámbito académico, y que versaba sobre la pérdida de algunas obras maestras de la antigüedad, tuve ocasión de conocer a míster Perelman, que era un hombre adinerado y notorio coleccionista de piezas artísticas. Reconozco que fui ambicioso al pretender que la exclusiva publicación aceptase uno de mis insignificantes escritos, imaginé que no llegaría más allá de la papelera de la redacción, pero no por ello me privé del atrevimiento. Varios meses después recibí en mi domicilio una carta, que conservo enmarcada, aceptando mi trabajo y obsequiándome con un generoso cheque que me fue muy útil para tapar unos cuantos agujeros abiertos en mi miserable economía. En el artículo, no muy extenso, que no reproduciré aquí, reflexionaba sobre la destrucción de las obras de arte a lo largo de los siglos y lo que significaba la pérdida irreparable de este patrimonio para la humanidad. Me preguntaba en el mismo sobre cuál sería el origen del impulso que animaba al ser humano a obcecarse en la destrucción de imágenes. Era un texto muy sentido, lacrimógeno podría decirse, que agradó a los entendidos y me proporcionó cierta popularidad, que yo sospeché pasajera, como no tardó en confirmarse. Ya no me publicaron más. Sin embargo, no tardó en ponerse en contacto conmigo la secretaria de míster Perelman, que era un señor del que jamás había oído hablar, pero, descubrí, que gastaba millones de dólares en la compra y adquisición de obras de arte y piezas arqueológicas, antigüedades, en suma. Míster Perelman me invitaba a su mansión en Boston, EEUU. Le había gustado mucho mi artículo y quería conocerme. Puso a mi disposición su jet privado y me dio cobijo en su propia casa. No voy a negar que imaginé estar soñando.
En su vivienda residí varias semanas, mientras míster Perelman estaba en viaje de negocios, pero siempre contactaba conmigo a diario, por mediación de su secretaria, una perfecta playmate, y me preguntaba por mi estado de salud, y si me encontraba cómodo en mi habitación o disfrutaba de las ventajas de la villa. Yo no tenía queja de un servicio exquisito y de unas instalaciones soberbias, propias de un magnate del petróleo. Aprovechaba la jornada en admirar gran parte de su colección privada, creaciones que jamás había visto en libro alguno ni imaginaba que existiesen, que me hacían sospechar de su procedencia. Por fin llegó el día en que míster Perelman hizo acto de presencia. Era un señor de unos 60 años, quizás más, delgado, bajito, calvo y con algún problema en la vista como delataban sus gruesas gafas. No vestía precisamente con mucha elegancia. Me dijo que estaba muy ocupado, que apenas tenía tiempo de atenderme, pero sí el suficiente para enseñarme algo guardado en su cámara acorazada. A mí me sonó aquello a película de James Bond, como todo lo que me rodeaba, y no hice sino seguirle la corriente a ver en qué acababa el sainete.
- Me gustó mucho su artículo señor Pérez. Creo que es usted una persona sensible. Quiero enseñarle algo – me fue diciendo sin detenerse. Era un hombre muy ocupado.
Llegamos al sancta sanctorum de su propiedad, un bunker situado a varios metros bajo el nivel del mar. Abrió una puerta blindada colosal mediante un escáner que leyó el iris de su ojo izquierdo y me invitó a conocer el oscuro interior de la que imaginé cueva de Alí-babá. No lo dudé y entré con pie firme. Detrás de nosotros lo hizo su eficaz secretaria, que arrastraba una maleta con ruedas. La puerta se cerró de nuevo. Estaba muy oscuro, era imposible hacerse una idea clara de las características del interior ni de lo que albergaba. Pero la luz se hizo de inmediato. Era un almacén infinito. En el centro había una copia exacta del David de Miguel Ángel.
Entonces todo sucedió muy deprisa. La secretaria abrió la maleta y extrajo tres juegos de gafas de trabajo para que nos los pusiésemos, cosa que hicimos. Y a continuación un bazuca que ofreció a su jefe. Este lo acomodó sobre su hombro apuntando a la estatua.
- Es el original – me anunció.
- ¿Cómo? – pregunté sorprendido.
Y sin pestañear apretó el gatillo y disparó sobre la estatua, que estalló en miles de fragmentos tras una llamativa explosión y un trueno ensordecedor. La impresión me hizo cubrirme instintivamente con los brazos. Durante unos minutos estuvieron lloviendo sobre nuestras cabezas partículas y polvo de mármol travertino. No podía dar crédito a lo que había pasado.
- Esto es el poder, señor Pérez, el lujo de destruir por placer – me ilustró míster Parelman apoyando su arma en la cintura -. Ya puede regresar a su casa.
Y se marchó sin inmutarse tan pronto como se abrió la puerta. Yo salí de allí temblando.
- El coche para conducirle al aeropuerto le espera – me indicó la secretaria.
- Pero… - acerté a balbucear.
- Su maleta ya está en él.
Ni qué decir tiene que he sido incapaz en todo este tiempo de contar nada de esto. Por miedo, a las consecuencias. Pero hoy leí en la sección de sucesos de la página digital del New York Herald que míster Parelman había muerto en accidente aéreo. <<Un insustituible mecenas de las artes fallece inesperadamente>>, exponía el rotativo, y hacía cábalas sobre lo que dejaría en herencia.
No quiero quitarle a nadie la ilusión de viajar a Florencia. Ahí sobre la mesa tengo un pedacito de lo que fue el David.
jueves, 8 de agosto de 2024
El primo hipnotizador
Leyendo una de Poirot, el de Agatha Christie, donde sale un hipnotizador, me viene a la memoria el día que mi primo Miguel Ángel quiso hipnotizar a mi tía Angelita. Yo creo que no tendría más de 8 o 9 años. Influido por la moda de la tele de entonces, en la que proliferaban estos prestidigitadores incluso en la sopa, estuvo una temporada hipnotizando a todo el que se le ponía a tiro, con especial éxito entre insectos, reptiles, pequeños roedores y perros de compañía. Un día cazó un grillo y lo bautizó con el nombre de Starsky, para siempre quedaron unidos. La sesión se inició con unas risas tontas que en nada ayudaban al proceso. Tuvo que mediar mi abuela Visi, (estábamos en el salón de su casa, la luz era tenue), para que nos lo tomásemos en serio. El primo sufría con nuestra falta de fe en sus poderes, se quitó las gruesas gafas y empezó a frotarse los ojos, que era señal de que le venía un ataque de alergia, yo creo que por la frustración. El caso es que la situación se recompuso y nos sumergimos en la magia del momento, creo que nos hipnotizó a todos. Después de sentar a mi tía en una silla, que rodeamos todos los sobrinos, aparentemente la durmió. Supongo que ella puso de su parte. No recuerdo, por ser mucho el tiempo pasado, qué cosas le estuvo preguntado, a las que ella respondía como en trance. La más llamativa, que se me quedó grabada en la memoria, fue la respuesta a la pregunta” ¿cómo te sientes?”, y ella respondió “materia”. La sesión transcurrió por nuestra parte en el más absoluto silencio, sin terminar de creer si lo que pasaba era o no cierto, pero muy atentos a la escena. Por fin, mi primo le dijo que despertase y acabó la magia. Desde aquel día no voy a decir que creyese en los poderes de mi primo, pero sí que siempre tuvo un carisma especial, era una caja de sorpresas, un fabricante de juegos.
domingo, 28 de julio de 2024
Mi madre me decía... y otras pamplinas.
Pues a mí mi madre nunca me dijo que tratase bien al maestro, como alguno cuenta que le decía la suya cuando iba a la escuela. Claro que hay familias y familias, la mía debía de ser de las malas. Mi madre nos ponía en la calle y punto, bastante hacía con vestirnos, peinarnos y hacernos el desayuno. A partir de ahí la mañana era nuestra y lo cierto es que siempre éramos puntuales, aunque el colegio quedaba lejos y las vicisitudes para llegar a él podían ser muchas. Tiempo había de comprarse unos cromos o un cuerno de chocolate, pelearse con uno de otra clase o tirar unas piedras al escaparate del tío de la ferretería que nos la tenía jurada. Al maestro no se le trataba ni bien ni mal, sino con respeto. Uno procuraba esquivar las tablas de don Luis, los guantazos de don Evelio, el revés de don Joaquín o los tirones de patillas de don Simón. Si en casa comentabas aquello la respuesta era bien simple: "algo habrás hecho". Yo, cuando leo ciertas cosas, creo que he vivido en otro planeta. En mi familia han sido todos bastante normales, ninguno de cuentos de hadas o historias del cinematógrafo. Hay gente que se engaña o quiere engañarnos. Tuve suerte de vivir en el mundo y aunque fui capaz de crear otro en mi cerebro, todavía recuerdo los palmetazos en las manos y se me pasa.
domingo, 21 de julio de 2024
Un cactus llamado Captus
Era en la calle Doctor Civera, por la parte de arriba que da salida a Eduardo Arroyo, (hablo de Jaén), donde había una tienda de ropa que se llamaba Captus y tenía por logotipo un cactus, tal y como lo mostraba el luminoso color yerba que había sobre la puerta, o quizás a un lado. Allí podías comprarte sobre todo vaqueros y camisetas, nuevos o gastados, tenía una gran variedad, pero también muchas otras prendas que combinaban divinamente con las primeras. Yo me compré un algo más de una vez, seducido por el nombre del establecimiento. Siempre que pasaba por su escaparate me hacía la misma pregunta: ¿Será una falta o un propósito? Nunca pregunté la respuesta, por no avergonzar al dueño si se trataba de un error ortográfico, no hay que ahondar en la herida. Pero me ha quedado para siempre esa duda y sigo dándole vueltas al misterio, especialmente durante las horas en las que no tengo nada mejor que hacer. Quiero pensar que se trataba de un fallo intencionado, un recurso publicitario, para llamar la atención. Son cosas que hacen gracia y animan a la gente a entrar, mirar, comprar y comentar luego a los amigos, sobre todo si son de fuera. Eso merece un selfi, crea clientela. Por desgracia ya no podréis entrar en ella, la cerraron hace tiempo. La calle, como otras del centro, se apaga día a día. Los locales están vacíos, no quedan sino negocios que llaman de antigüedades y son en realidad de basura. Cuando la recorro como antaño, me gusta recordar al cactus, que levantaba un brazo espinoso a modo de saludo. Me hubiese gustado darle un abrazo de despedida, aunque pinchase un poco, igual que el que no se afeita, pero esas cosas solo pasan en los tebeos del Tío Vázquez.
sábado, 20 de julio de 2024
La cigarra y la cítara
Organizaron los atenienses un concurso musical en Delfos para conmemorar la muerte de la serpiente Pitón, y entre otros fue a participar Eunomo de Locrios. Tuvo la mala fortuna de que le tocó interpretar su cántico a la hora en la que hacía más calor en el santuario y las cigarras competían con todos los concursantes, por lo que apenas se le escuchaba. Pero, además, se le rompió una cuerda a la cítara con la que se acompañaba y el joven ya dio por perdido el certamen. Entonces una de las cigarras voló desde la rama de una encina cercana hasta el mástil del instrumento y se colocó entre las cuerdas restantes como si fuese otra, provocando el asombro de jueces y público. Lo que a continuación hizo Eunomo fue seguir a la cigarra y acomodarse a su música, y de este modo se ganó la admiración de todos los presentes y se llevó el primer premio.
miércoles, 17 de julio de 2024
El cordero y el obispo
Contaba Gregorio de Tours, allá por el 550, que la mujer del obispo Félix de Nantes estaba convencida de que éste la engañaba con otra, porque eran muchas las veces que no dormían juntos y él ya no la buscaba como años atrás. Una noche la esposa irrumpió en el cuarto del marido y lo descubrió acostado con un cordero. Dejó escrito el prelado de Tours, para excusar a su colega, que era Cristo el que lo acompañaba, de la opinión de la mujer al respecto no queda constancia.
La ola de calor
Ya está ahí la ola de calor que, aunque parezca mentira, es cosa del verano, pero se anuncia como novedad y consecuencia del cambio climático. Eso del calor es muy relativo porque cuando yo contaba con quince o dieciséis años era capaz de andarme media Córdoba para robarle un rato de siesta a algún amigo y no morir en el intento. Era un navegar por las callejas de la judería, perderte por el Realejo hasta la Magdalena o asomarte a la ribera donde el recodo de la noria muerta de risa, sin apartare en lo posible del amparo de la sombra de las estrecheces del camino. Reinaba el silencio absoluto y la luz era tan intensa que daba la sensación de que nunca habría noche. No te cruzabas ni con un perro, te creías superviviente de la bomba de neutrones u otro miedo de aquellos años. Era en la plaza de Abades donde en ocasiones tropezabas con semejantes, allí se arrejuntaban en coloquio las putas menos sufridas, que huían de la obligación, al amparo de un colmado que despachaba helados prefabricados y cerveza fresquita.
- Hace muncha caló para aguantar a nadie encima – decía una muy sofocada a golpe de abanico.
Este era el diálogo, aunque siempre me he preguntado si se quejaba o se anunciaba, porque yo la veía muy fresca. Allí había otra disfrazada de hada, con su capirote y varita mágica, y una minifalda, (es que me ha venido a la memoria).
El caso es que no era este sino el otro calor del que yo hablaba. La aventura culminaba, después de mucho callejear, en la casa de alguien, no importaba quién, siempre era uno bien recibido, aunque fuese una sorpresa. Primaba lo inesperado, nadie se entretenía con el móvil o el internet. Recuerdo que un día acudieron a mi casa una siesta de aquellas José María y Manolo, que se habían acordado de mí. Y los tres montados en la vespino del primero, sin casco ni documentación, aterrizamos en el Campo Santo de los Mártires, donde la escultura de las manos y el aroma a bosta, lugar de encuentro de una juventud con inquietudes. Se pasaba la tarde entre litronas, pipas y García Márquez, incluso algún revolcón furtivo. Podíamos con todo, incluso con el verano.